Al intentar el inicio de este documento, mis recuerdos de infancia empezaron a saltar de un pupitre a otro, de un salón a otro y se escurrieron por esos episodios sabrosos de aquella época escolar. Y claro, se detuvieron en lo que en ese tiempo conocíamos como la sala de televisión, a donde algunas mañanas nos llevaban en estricta fila, nos disponían de pie y con la cabeza alzada, -pues el aparato estaba suspendido en lo alto del recinto- para que en completo silencio y sin movernos asistiéramos a la “clase televisada”. No es que uno entendiera mucho o la cosa resultara novedosa, simplemente era otra clase donde la atracción de la pantalla llena de imágenes en blanco y negro nos mantenía un buen rato atentos o quizá porque era como “el juguete ajeno”, ese que uno no podía tener, ni había en la casa y simplemente había que aprovechar en ese instante.
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