Guillermo Patiño Mesa
Retazos de vida trajinada de mi bisabuelo
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El alcalde se levantó del sillón, le miró las manos y sus pies semi desnudos, carraspeó y dictó sentencia: Don Rafa esta vez se le fue la mano y… hasta las patas, ahhh pendejo usted, si es que la volvió mierda, si la viera... no tenía ni una parte del cuerpo buenecita, por todo lado llena de ese rojo, no es que… le tocó irse pa`l hueco hasta ver cómo le hacemos con este asunto… Nooo… es que esta vez yo no puedo ayudarle, le dijo la autoridad, mientras Rafa seguía insistiendo que no era tan grave, que sólo le había cascado un par de palmadas.
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El alcalde se levantó del sillón, le miró las manos y sus pies semi desnudos, carraspeó y dictó sentencia: Don Rafa esta vez se le fue la mano y… hasta las patas, ahhh pendejo usted, si es que la volvió mierda, si la viera... no tenía ni una parte del cuerpo buenecita, por todo lado llena de ese rojo, no es que… le tocó irse pa`l hueco hasta ver cómo le hacemos con este asunto… Nooo… es que esta vez yo no puedo ayudarle, le dijo la autoridad, mientras Rafa seguía insistiendo que no era tan grave, que sólo le había cascado un par de palmadas.
Los alguaciles vestidos de azul rey ingresaron al
despacho, lo tomaron del brazo y lo condujeron al hueco, una casa vieja ubicada
en una esquina del parque del pueblo que servía de cárcel. Como no tenía mucho
uso, escasamente había un tubo oxidado por donde escurría un hilo de agua, con
poca luz y sin energía, de adobes desnudos y un piso revuelto entre el polvo,
el cemento y la hierba. La puerta de entrada era un portón de madera que alguna
vez fue rojo, que se ciñe a su marco con una cadena y un candado que insinúa la
seguridad del sitio, pues por dentro las paredes que lo encierran se están
cayendo y escaparse era tanto como encaramar el cuerpo y ya quedaba en la
calle.
