Es domingo, don Pedro Elías se levanta de mañanita, se echa tres bendiciones, muda sus animales, toma “tres sorbos de caldo” y con traje fiestero coge camino para el pueblo. En su recorrido silva un par de canciones, como anunciando que hay festejo, que no es un día cualquiera y que su destreza de nuevo arrancará un poco de aplausos que con alegría cargará en su corazón, mientras “la pinta y las piernas aguanten”, como atina a decirlo.
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